El pensador desheredado

16/Abr/2012

El Observador, Correo de Ideas, Rafael Asenjo

El pensador desheredado

15-4-2012
RAFAEL ASENJO
Leer la correspondencia entre dos autores de la talla de Walter Benjamin (1892-1940) y Gershom Scholem (1897-1982) constituye un verdadero desafío intelectual para cualquiera.El primero de ellos es uno de los pensadores más profundos y difíciles del siglo XX y una fama que se le robó en vida (tuvo problemas económicos, fue rechazado en la universidad por su origen judío, soportó innumerables negativas de publicación de sus escritos y finalmente se suicidó) se le ha devuelto con creces tras su muerte.
El segundo, experto en la cábala, representa uno de los baluartes del mundo intelectual judío y el principal impulsor de la cultura judía como una cultura distintiva.
Además, fue un gran difusor del pensamiento de Benjamin, que de otro modo hubiese permanecido en la oscuridad.
En estos textos de Correspondencia, sin embargo, el importante es Benjamin y seguramente Scholem no rechazaría ser conocido como el interlocutor más íntimo de un genio.
De hecho, ya publicó un libro sobre su amistad con Benjamin, en quien veía una de las mentes más profundas e inteligentes del siglo pasado.
Las cartas, que son en muchas ocasiones como apuntes intelectuales de Benjamin, poco dado a las exposiciones sistemáticas, constituyen también un valioso testimonio de la vida de estos dos pensadores.
Pese al protagonismo que asume Benjamin, en el que las ideas nacen como fogonazos, hay que decir para ser justos que Scholem fue decisivo para su formación.
Benjamin, que ha sido adscrito a la Escuela de Fráncfort, tuvo más inquietudes religiosas que políticas. Y eso se nota en las misivas.
Intentó desmarcarse de un clima secular y, aunque con tentaciones mesiánicas, en su obra se entremezcla historia religiosa e historia profana. Todo, evidentemente, desde el prisma del judaísmo.
Benjamin se supo, ciertamente, apátrida, desheredado, y la conciencia de su situación fue lo que le llevó a rehuir compromisos con el sionismo o el comunismo. Tanto esto como la incomprensión que sufrió su obra garantizaron en cierto modo su fama de intelectual libre.
Es cierto que el Benjamin que aparece en estas cartas, con su tendencia a la desesperación, su mirada nostálgica y sus preguntas sobre la redención, poco tienen que ver con el intelectual icónico que ha diseñado el marxismo y es el más difundido en Occidente.
De ahí surge el interés de estas cartas, no tanto para asentir a los esbozos de su posible filosofía sino como ejemplo de pensador sugerente que una parte de la filosofía ha obviado y otra se ha apropiado con fines propagandísticos e ideológicos.
Por otro lado, esta correspondencia nos sitúa en las antesalas del Holocausto. Se dan a conocer detalles sobre el ambiente en Alemania y Palestina, donde residía Scholem, así como los subterfugios que empleaban los judíos para emigrar. Desfilan también los esfuerzos de muchos intelectuales judíos que hoy son desconocidos, pero también las miserias de otros más conocidos que negaron el auxilio o la ayuda a Benjamin en los momentos trágicos de su vida.
Apocalíptico
Benjamin y Scholem comenzaron su amistad en las aulas de Berlín en 1915. Siete años después emigró a Palestina y se integró a la Universidad Hebrea de Jerusalén, primero como bibliotecario y luego como profesor de mística judía (es considerado uno de los principales referentes en esta materia). Siempre tuvo la esperanza de reencontrarse con Benjamin en Palestina, pero ello nunca ocurrió. El destino de Benjamin, formado como filólogo en la Universidad de Friburgo, sería muy otro.
Antes de que estallara la guerra, Benjamín se sentía muy solo en la cultura de Weimar, y gracias a una enfermedad congénita pudo evitar el servicio militar y dedicarse a lo que más disfrutaba y hacía mejor: estudiar y pensar.
A pesar de su erudición, no logró ingresar a la Universidad de Fráncfort, que era su gran anhelo, y pese a que allí estaba su reducto intelectual (Theodor Adorno, Max Horkheimer y otros profesores que formaron la Escuela Crítica). Su tesis sobre el teatro alemán en el período barroco fue rechazada, un gran golpe para Benjamin que empezó a escribir en periódicos y a hacer traducciones como sustento económico.
A mediados de 1920, su vida da un vuelco afectivo e ideológico. Se enamora de una directora de teatro de Letonia, Asja Lacis, una fervorosa comunista que lo convence de abrazar al Partido.
Él mismo escribió años después que cada vez que experimentaba «un gran amor» también experimentaba «un cambio tan fundamental» que no dejaba de asombrarlo a sí mismo.
Desde entonces hasta su muerte por una sobredosis de morfina en la frontera de los Pirineos entre Francia y España, fue un creyente marxista-leninista.
Tuvo una vida llena de diversos tipos de desdichas personales, ya fuera por su condición de judío, de alemán o de comunista.
Pero dejó obras que han marcado a generaciones de universitarios como es el caso de El autor como productor (1934) o La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica (1936).Fue un pensador a carta cabal, en diversos campos, aunque su punto fuerte estuvo en su enfoque filosófico sobre la literatura y el arte.
Sus puntos de vista «apocalípticos» por el impacto «negativo» de los medios de comunicación en el vínculo del hombre con el arte han tenido y tienen una gran influencia sobre los teóricos de la comunicación. La escuela funcionalista, originada por pensadores centroeuropesos radicados en EEUU, fueron los únicos que tuvieron fuerza intelectual para polemizar con los pensadores formados en Fráncfort.
Hanna Arendt no se animaba a incluir Benjamin en un campo concreto del conocimiento porque decía que los aportes de su coterráneo son «inclasificables», pues no encajan «en el orden existente».
Se puede discrepar y mucho con Benjamin, pero nadie pone en duda su seriedad y profundidad para tratar de comprender al hombre en la sociedad. (Basado en Aceprensa y El Observador)